Pero hoy, con 19, esta chica había olvidado aquella ilusión que le llevó tantas otras veces a pensar en el instituto "a por el 10, que si no no entro". La vida va avanzando y una cambia, y tras unos cuantos desengaños en primero, y tras ver como mi media de sobresaliente no valía para nada en la Universidad, realmente en estos dos años he estado más preocupada por aprobar y punto que por aprender y disfrutar haciéndolo. En fin, he descubierto que este mundo no es de chocolate y caramelo. De hecho, es muy duro. Es renunciar a salir con tus amigos de siempre porque durante el curso casi nunca tienes tiempo. Es pensar constantemente en mantener la beca. Es darse cuenta de que, a pesar que antes de entrar pensaras que podrías con todo y nada cambiaría, a veces es mejor aceptar las propias limitaciones para poder ampliar el horizonte. Es plantearse continuamente "lo dejo, me gusta más Bellas Artes"(Cuantas veces me habrán oído esta frase mis amigos).

Han sido dos años duros, pero también han sido los dos mejores años de mi vida. Me alegro de haber decidido escoger esta profesión. He encontrado gente que comparte mi vocación por volcar mi vida para y por los enfermos, y también gente muy divertida que simplemente lo hace por dinero o por ciencia. He tenido momentos muy tristes, pero también he experimentado sensaciones irrepetibles con mis compañeros. Somos 80, la "generación del 9", y muchas veces discutimos por tonterías, pero me siento realmente orgullosa de compartir mesa con ellos. No me había percatado de lo rápido que han pasado estos dos años desde aquel primer día de clase en que nos dieron la famosa charla del campus virtual hasta estos días, y haciendo balance me quedo con todo lo bueno. Con esa emoción que retorna a mí cuando pienso que dentro de unos años seremos médicos. ¡Quién nos verá!
Espero no olvidarme demasiado cuando empiecen de nuevo el estrés y la monotonía de la competitividad continua de nuestra facultad. Porque merece la pena saborear estos añitos, que se van volando.